Los golpes entretanto se habian repetido.

María se levantó precipitadamente y abrió la puerta, y los embozados apoderándose de ella inmediatamente, se entraron á la casa, registrándola toda.

Blanca y Sérvia no se habian levantado, y vieron con espanto á aquellos hombres llegar hasta cerca de su mismo lecho.

Uno de ellos con un farol en la mano les alumbró el rostro, y otro preguntó solemnemente.

—¿Quién es aquí Doña Blanca de Mejía?

—Yo soy—contestó temblando Blanca y comprendiendo que aquellos eran los ministros del Santo Oficio.

—Levantaos, y seguidme en nombre de la inquisicion, y vos tambien dijo—á Sérvia.

Blanca vacilaba en comenzar á vestirse, el miedo la dejaba sin movimiento, el pudor le impedia tambien el levantarse, porque aquellos hombres no se separaban de cerca de ella.

—Ea, despachad pronto—dijo el que habia hablado—de lo contrario, tendremos que llevaros sin vestir.

Aquella amenaza volvió las fuerzas á la pobre jóven, y tímida y ruborizada procuró vestirse lo mas violentamente que le fué posible.