—No me apartareis ya de este lugar sin tocar con vuestras manos al Divinísimo Señor Sacramentado.

Los guardas vacilaron y se resolvieron al fin á esperar á que cansado el Arzobispo de estar alli dejase al Divinísimo en su tabernáculo, porque nadie se atrevia á tocarle.

Era natural suponerse que el prelado no pudiese estar en el altar y con el Divinísimo en las manos por muchas horas, y que no tuviera necesidad de comer, de tomar agua ó satisfacer cualquiera otra necesidad; pero al Arzobispo no le faltaban partidarios en ninguna parte.

Allí mismo le llevaban de comer y de beber, le leian cartas, escuchaban y llevaban recados suyos, y cuando él se cansaba dejaba sobre el altar al Divinísimo y volvia á tomarle en sus manos cuando veia que habia entre sus guardias algun movimiento.

Trascurrió así un dia entero, y el Alcalde de la Audiencia y Don Diego de Armenteros determinaron mandar una consulta al virey sobre cómo debian salir de aquel paso, que para ellos era sumamente comprometido.

El correo salió y el Arzobispo y sus guardas quedaron inquietos por saber cuál seria la resolucion del violento marqués de Gelves.

Pero estaba de Dios que aquella resolucion no habia de venir...

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