Cuando Martin volvió á su casa, encontró las puertas cerradas y selladas, y á su hijito llorando en la calle. Los familiares del Santo Oficio no tenian órden de llevarse al niño, y así es que solo determinaron y llevaron á efecto la prision de todas las personas grandes.

Por lo que pudo entender del niño, por lo que le dijeron los vecinos, y por lo que pudo inferir de los sellos colocados en las puertas, Martin se convenció de que María, Blanca y Sérvia estaban presas en el Santo Oficio. Entonces comprendió cuánta era la falta que le hacia el Arzobispo, con cuyo patrocinio podia haber adelantado algo, y determinó poner cuanto estuviese de su parte para encender el fuego de la rebelion en la ciudad.

Dirijióse á la casa del Oidor Don Pedro de Vergara Gaviria; éste por su parte habló con Don Melchor Perez de Varais y con todos los amigos y demas comprometidos, y se fijó el lúnes 15 de Enero para dar el golpe.

Las cosas estaban verdaderamente en sazon, y todos los ánimos dispuestos para una gran novedad cuando amaneció el dia señalado para el tumulto.

Desde muy temprano una inmensa cantidad de clérigos se repartió por todas las iglesias de la ciudad, y entrando en ellas predicaban y publicaban las excomuniones; procurando para causar mayor escándalo, interrumpir las misas y los oficios que se celebran, consumiendo el Sacramento y echando fuera de la iglesia á los fieles con mucho ruido y alboroto, y diciendo á gritos por todas partes que el marqués de Gelves habia mandado dar garrote al Arzobispo.

En Catedral publicaron solemnemente el edicto en que se declaraba excomulgado al virey, y el clérigo que daba lectura exclamó despues de haber terminado.

—¡Hermanos mios! ¿Consentireis por mas tiempo á este hereje luterano, y no le hareis pedazos para ejemplar y castigo de sus culpas?

La multitud, entre la cual estaban mezclados Luisa y Martin, y el Ahuizote y los principales partidarios del Arzobispo, empezó á gritar:

—¡Viva la Fé, viva la Iglesia, viva el Rey! ¡Muera el mal gobierno, muera el hereje excomulgado!

Martin atravesó desde la sacristia, llevando en la mano la tablilla de los excomulgados y en la que estaba en grandes letras el nombre del virey, y la colocó en la puerta de la iglesia.