Entonces eran ya espantosos los gritos de la muchedumbre, y Martin, seguido de un gran número de gente, se lanzó á la plaza.
En aquellos momentos atravesaba por allí en su carroza el secretario Cristóbal de Osorio, que habia acompañado al Arzobispo en su destierro de órden de la Audiencia hasta el Santuario de Guadalupe.
Martin conoció á Osorio, y dirijiéndose á uno de los que iban á su lado:
—Mirad—les dijo—ahí va el secretario del hereje, excomulgado tambien por el señor Arzobispo.
Inmediatamente la turba se lanzó tirando piedras sobre la carroza de Osorio.
El cochero que la dirijía espantado avivó los caballos, y á toda carrera se entraron á palacio. No se detuvo allí el furor de la gente, sino que se arrojaron tambien sobre los que guardaban la puerta del mismo palacio y habian amparado y favorecido al secretario Osorio.
El tumulto creció, algunos pocos entraron en auxilio del palacio, y el virey ordenó que salieran algunos caballeros con alguna de las guardias para despejar la plaza.
No hicieron sino presentarse en la calle, y delante de la multitud, cuando ésta se volvió fieramente sobre ellos y les hizo huir, obligándoles otra vez á encerrarse.
Mas y mas crecia á cada momento el tumulto, y hacian fuego contra las ventanas y las puertas.
Entonces el virey mandó que desde una de las azoteas se tocase el clarin, que era la señal que se acostumbraba para llamar á la caballería á palacio en cualquier acto público. Al sonido del clarin sosegó por un momento la sedicion; los de afuera temiendo el auxilio que los de adentro esperaban con tanta necesidad como impaciencia. Pasó un rato, y nadie acudió al llamamiento, y entonces los sediciosos comprendieron que el virey en palacio no tenia esperanza alguna de auxilio.