Entonces cobraron nuevo brio, y entre los gritos de «muera el hereje» y «viva la fé cristiana» volvieron á arrojarse sobre palacio.
La bandera es casi una necesidad entre los soldados que combaten, y por eso sin duda uno de los que defendian á palacio sacó de la armería una de las flámulas que habian servido en el túmulo de Felipe III en las solemnes honras que se le hicieron en México, y la colocó en una ventana.
Un grito inmenso de los sitiadores acojió la presentacion de aquella bandera, pero poco despues rompiendo la multitud un grupo conduciendo una gran escalera, salió de la Catedral y llegó hasta el pié de los muros de palacio.
La escalera se colocó, y en medio de los aplausos y de los gritos de los sediciosos, Martin cubierto con una rodela y con una espada desnuda subió hasta arrancar aquella flámula.
En honor de la verdad deberemos confesar que los defensores de palacio no hicieron gran cosa para impedirlo.
Entre gritos de triunfo y llevando en la mano el trofeo de su victoria, Martin fué llevado en brazos de los mas entusiastas hasta dentro de la misma Catedral y recibió allí las felicitaciones de todo el clero, que no se atrevia á declararse militante, pero que desde el templo animaba y escitaba la insurreccion.
A cada momento llegaban á la plaza nuevos grupos de gente, capitaneados por clérigos á caballo, que llevaban un Crucifijo en una mano y una espada en la otra.
La gente comenzó á pedir á gritos la libertad de los tres Oidores presos por la revocacion de los autos dictados contra el Arzobispo, y éstos prometiendo al virey calmar la sedicion salieron de palacio por la puerta de la Acequia.
En medio de uno los grandes grupos que habia en la plaza, el Ahuizote subido sobre un poste, hablaba á la multitud: Luisa á su lado con su traje de hombre, le indicaba lo que debia de decir.
El Ahuizote vestia como Martin en aquella ocasion, una especie de traje clerical. El Ahuizote indicó al pueblo, que era preciso acudir á la inquisicion en busca del pendon de la fé, porque supuesto que la fé era lo que se defendia, su pendon era de todo punto necesario.