No hay cosa que acoja con mas exaltacion una muchedumbre irritada que un absurdo; por eso la idea del Ahuizote pareció soberbia á todos los que llegaron á oirla, y una gran parte de la gente que habia en la plaza se dirijió á la inquisicion atravesando por las calles de Santo Domingo.
Las turbulencias públicas preocupaban de tal manera á los inquisidores, que habian abandonado las causas de la fé, por estar en espectativa de lo que acontecia entre el virey y el Arzobispo, sin haber querido aparentemente protejer á ninguno de los dos.
Los sediciosos que venian de la plaza llegaron hasta las puertas de la inquisicion pidiendo á grandes voces que se les entregase el pendon de la fé, para ir contra la casa del hereje.
No era el Santo Oficio un tribunal capaz de dejarse acobardar por una sedicion; conocia su fuerza y su poder contra el que apenas se hubieran atrevido á luchar los reyes y los papas, y por toda contestacion mandaron los inquisidores que todo el mundo se retirase de allí, bajo la pena de excomunion y de doscientos azotes al que tardase en obedecer.
Todo el mundo calló y comenzaron á retirarse.
—Este es el momento—le dijo Luisa al Ahuizote—de poner en libertad á Don Melchor.
El Ahuizote se hizo eco de estas palabras, y la gente se dirigió al convento de Santo Domingo. Los religiosos espantados habian cerrado las puertas, pero el pueblo las hizo pedazos, y dirigido por Luisa y por el Ahuizote llegaron al aposento de Don Melchor Perez de Varais.
Don Melchor se arrojó en los brazos de Luisa, y todos los que le seguian entusiasmados por aquel abrazo que ellos tomaban por un rasgo de gratitud, del Corregidor de México hacia sus salvadores, le sentaron en un sillon; y como en triunfo, en medio de los gritos y aclamaciones, le condujeron hasta Catedral.
En el entretanto Garatuza no habia descansado tampoco. Conocia que aquel movimiento necesitaba una cabeza, y determinó comprometer á Don Pedro Vergara Gaviria á presentarse decididamente en la escena. Con este objeto se dirijió á su casa con otra gran parte de los sediciosos que habian quedado en la plaza.
Garatuza dejó á la gente en la calle, y subió hasta los aposentos del Oidor Gaviria que temblaba al escuchar los gritos, temia las consecuencias y se espantaba de su misma obra.