—Que el cielo os guarde, Don Martin—dijo Vergara, viendo aparecer á Garatuza—¿qué venis á hacer por aquí?
—Hácese ya tan necesaria vuestra presencia en la plaza, contestó Garatuza—que de no acudir vos en auxilio nuestro, fácil será que otros acudan en el del virey, y que la gente que nada alcanza se retire dejando al de Gelves dueño del campo.
—¿Pero qué pretendeis?
—Que vengais á poneros á la cabeza de todo el movimiento, que intimeis al virey á quedar preso, y que reuniendo á la Audiencia os encargueis del gobierno de la Nueva España.
—¿Pero vos tratais de perderme? Sí, me perdeis sin duda; el Arzobispo ausente, preso Don Melchor Perez de Varais, todos los demas oidores tan pocos de ánimo que en nada me querrán auxiliar: ¿qué suponeis que pueda yo hacer?
—Señor—contestó Martin—si vos tomais decididamente un partido, muy pronto Don Melchor Perez de Varais estará libre y á vuestro lado; muy pronto su Señoría Ilustrísima habrá vuelto á México, y los oidores no vacilarán en hacer con vos causa comun, si comprenden que teneis la energía suficiente para resistir á la tempestad siquiera por seis horas.
—¡Don Pedro de Vergara!—¡que salga Don Pedro!—gritaba en la calle la impaciente muchedumbre.
—¿Lo oís señor?—¿lo oís?—decia Garatuza.—El pueblo os aclama, la ciudad os pide, ayudadla á salvarse.
—Pero si salimos mal........... si nada se consigue............
—¡Que venga Don Pedro!—seguia gritando la turba.