—Estraño lance—respondió distraido Don Melchor—estraño lance..........
—Vamos, veo que os preocupa esa tontera.
—No puedo negarlo: hay en todo esto algo de misterioso que yo no puedo comprender.
—Iremos, si gustais, á la cárcel para ver de cerca á ese negrito.
—Tendria en ello mucho placer, quizá se disiparia esta nube que envuelve mi pensamiento.
—Pues vamos, seguidme.
El licenciado Vergara se levantó, y seguido del secretario y de Don Melchor se dirijió á la cárcel que se habia formado en las casas de cabildo, porque el incendio del dia del tumulto habia destruido la que estaba en el palacio de los vireyes.
Don Melchor y el licenciado Vergara, llegaron hasta la puerta de la prision: entonces Don Melchor pensó que tal vez iba á pasar alguna escena ridícula, que iba él también á servir de diversion á los carceleros y á los presos y se detuvo.
—Sabe V. E.—dijo al licenciado Vergara—que no creo conveniente entrar.
—¿Por qué?