—He pensado que quizá algo vaya á pasar y sea yo tambien la fábula de la ciudad.
—¿Pero qué pudiera ser eso?
—Cualquier lance ridículo. Si V. E. me lo permite prefiero esperar aquí á que vuelva.
—Como gusteis, pero no veo inconveniente.........
—Esperaré á V. E.
Don Melchor quedó en la puerta, y el licenciado Vergara penetró en las prisiones.
En medio del silencio mas profundo y respetuoso de los presos, el Capitan General llegó hasta el calabozo que ocupaba Luisa y que le fué abierto con mil ceremonias.
Quizá á la luz del dia, sin prevencion, y con los conocimientos de estos tiempos, Vergara y cualquiera tal vez, hubieran conocido que el color de Luisa, no era el de un negro, y que aquel color no podia ser natural.
Pero en la penumbra del calabozo, y ya preocupados con la historia del alcalde y de los alguaciles, todo el mundo se empeñaba en que Luisa era un negro y se habrian incomodado si se les hubiese querido convencer de lo contrario.
Ahora tambien, pero mas entonces, era mas fácil convencer al pueblo de que existia un hecho milagroso, que sacarle de un error, y preferian buscar la esplicacion de una cosa mejor en lo maravilloso que en las causas naturales.