—Y cómo lo hizo, por escrito, ó de palabra.

—De palabra.

—¿Y cómo?

—No recuerdo bien.

—Mirad que si no decís todo sigue la diligencia.

—¡Ah! no señor yo os diré todo.

—Referid sin olvidar nada.

—Pues bien señor, una noche estaba yo en mi celda enfadada de vivir en el convento, y dije, le daria mi alma al diablo por salir de aquí, y en ese momento se me presentó el diablo en figura de un caballero jóven de barba y pelo negro, vestido de encarnado, con sombrero de plumas, solo que sus piés eran como los de un gallo—y me dijo, «aquí estoy ¿qué me quieres?» y como me espanté, nada le dije, pero seguí enfadándome y él visitándome hasta que una noche le declaré mi deseo y él me dijo «si me das tu alma te sacaré y te haré feliz» y yo le dije que sí; entonces me hizo dormir y cuando desperte estaba ya en la calle.

—¿Y no la hizo renegar de Dios y de sus santos?

—No señor.