—Diga la verdad y recuerde que solo con la verdad se libra del tormento.
—¡Ay! no señor, la verdad es que me dijo «que yo esclamara—Reniego de Dios y de todos sus santos» y yo no queria, pero al fin renegué.
—¿Y ha vuelto á verle despues?
—No señor.
—¿Y confiesa su herejía por haberse casado teniendo tan sagrados votos?
—Sí señor.
—¿Y confiesa haber cometido este pecado con entero conocimiento de lo que iba á hacer?
—Sí señor.
—Dad fé, señor escribano, de esta confesion: que firme la culpable, y que se asiente que no ha perdido miembro alguno en el tormento.
El escribano asentó por diligencia que Blanca no habia perdido ningun miembro, firmaron todos, y el inquisidor y el escribano se volvieron á la sala de Audiencia, encargando á los carceleros que vistiesen á Blanca, y la condujesen á su calabozo.