Don Cesar acusado de haber contraido matrimonio con una religiosa y á sabiendas, era naturalmente culpable para la inquisicion, de sacrilegio por el matrimonio, y de herejía, porque segun los sábios autores que se consultaban en aquellos tiempos, el matrimonio de un religioso ó religiosa profesos, envolvia el desprecio de los votos, y esto importaba un desprecio á Dios, y por consiguiente una herejía.

La cosa era tan clara como la luz del dia, al menos para los consultores del Santo Oficio.

Don Cesar fué llamado á dar su declaracion, y con el mismo aparato que siempre, se le tomó juramento y se comenzó el interrogatorio.

Jóven, orgulloso, valiente, y además enamorado, Don Cesar era incapaz, por temor, de decir una mentira, ni aun en presencia de la inquisicion; y á la primera pregunta confesó que se habia casado con Blanca, que sabia cuando lo hizo que era religiosa profesa, y que la amaba aun.

—¿Y no sabias—le dijo el inquisidor—lo feo de vuestro delito, y las terribles concecuencias que podia traeros?

—Lo sabia—contestó Don Cesar.

—¿Y así insistias en él?

—Así.

—Cuando de tanta obcecacion haceis gala, quizá os hayan dado algun filtro para turbar vuestra razon.

—Estoy cierto de que nada me han dado, ¿y quién podria haber hecho semejante cosa?