—Sí, pero silencio—vengo á libertaros, y á libertar á mi esposa.
—¿Cómo?
—Mirad, la noche de mañana si sentís golpes aquí en el pavimento, procurad rascar tambien por encima vos; y nada mas, adios.
—Pero.........
—Nada mas; adios.
Teodoro volvió á salir y ya desde ese momento Don Cesar no pudo estar tranquilo ni un instante. Le parecia eterno el dia, y hubiera comenzado á oradar si no hubiera sido una imprudencia.
Sí procuró encontrar con que ayudarse, y solo encontró un hueso; pero un hueso en sus manos podia servir de mucho.
Pasó por fin el dia, y luego la noche.
Entonces sí que ya no pudo contenerse, y determinó comenzar su tarea. Pero ¿por dónde? ¿Sabia él por qué lado llegarian sus libertadores?
—Si vienen tarde no alcanzará el tiempo—pensaba Don Cesar ¿qué hacer?