De repente se estremeció, habia sonado en el piso un golpesito subterraneo, y luego otro.

Don Cesar se arrojó contra el suelo y comenzó á rascar con desesperacion con el hueso, con las manos; en un instante consiguió apartar la tierra hasta llegar á unas grandes lozas que servian de bóveda á la atargea por donde se habia introducido Teodoro.

Don Cesar, le quito cuanta tierra y escombros tenia encima y procuraba levantarla cuando la vió moverse, y alzarse, Teodoro con sus robustas espaldas la hacia salir de su centro y dejar una ancha entrada.

Don Cesar le ayudó á separar la loza, y salieron de aquel agujero, Teodoro y Garatuza, casi desnudos y llenos de lodo.

—¡Vámonos! dijo Don Cesar.

—Aun falta que hacer otra cosa—contestó Teodoro.

Entre Martin y Teodoro, hecharon á la puerta del calabozo para impedir la entrada, cuantos escombros habia en el cuarto; y luego como los techos eran muy bajos Teodoro se subió sobre la mesa que habia en el calabozo, y con una pequeña barra de acero, comenzó á horadar el techo.

La operacion era difícil, pero Teodoro era muy fuerte, y trabajaba con entusiasmo, el sudor bañaba ya su frente y por la parte de arriba se percibia que tambien le ayudaban. Pasó una hora en esta fatiga, y por último la horadacion se comunicó de un calabozo al otro por el techo.

—Sérvia—dijo Teodoro por el agujero.

—Aquí estoy—contestó Sérvia.