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Santiago, habia ayudado y favorecido como hemos dicho la fuga de Don Cesar y de las dos mugeres, y habia recibido una fuerte suma de mano de Teodoro, pero su conciencia de carcelero, y de hermano de la cofradía del glorioso San Pedro Mártir no estaba enteramente tranquila, y á medida que avanzaba la noche, y que se figuraba, que ya llegaba el momento de la evasion, comenzaban á ser mas y mas fuertes sus remordimientos y sentir miedo por los resultados.

Santiago no podia sosegar, no se acostaba, ni podia estar un momento tranquilo; á cada instante se acercaba á la puerta de su casa esperando algo nuevo, temiendo que lo mandasen llamar del Santo Oficio, que todo se hubiese descubierto allí, y en fin que los inquisidores conocieran la parte que habia tenido él en todo.

Era ya la media noche, y Santiago no pudo resistir, tomó su capa y su sombrero y se dirijió á la inquisicion.

Como allí nunca dejaba de estar en pié una guardia de familiares que de dia y de noche asistian al Tribunal, Santiago tuvo con quien hablar inmediatamente.

El hermano que estaba de guardia vió entrar á Santiago, y en el rostro demudado del antiguo ministril, conoció que algo extraordinario le acontecia.

—¿Qué pasa?—le preguntó.

—Una novedad—contestó Santiago: acaban de hacerme la denuncia de que unos reos quieren hacer fuga en esta misma noche.

—¿Cómo?