Los reos se incorporaban en sus pobres lechos de paja y con ojos inquietos miraban á esas horas que los ministros del Santo Oficio buscaban por todas partes, removian la paja de las camas, tocaban en las paredes, y luego que estaban satisfechos, se retiraban sin hablar una palabra.

Llegaron por fin las pesquizas hasta el calabozo que ocupaba Don Cesar.

El carcelero dió Vuelta á la llave y Santiago se puso á temblar porque habia llegado el momento supremo, iba ó á descubrirse la fuga, ó á impedirse que tuviera efecto y Santiago no sabia que era lo que deseaba que sucediera mejor.

El carcelero dió vuelta á las llaves, corrió los cerrojos y empujó la puerta, pero la puerta no cedió, redobló sus esfuerzos y la puerta permaneció cerrada; indudablemente habia por dentro un fuerte obstáculo que impedia abrirse.

—¿Qué sucede?—preguntó el comisario.

—No puede abrirse—contestó el carcelero—aquí sí hay alguna cosa sospechosa.

—¿Quién está preso aquí?

—Don Cesar de Villaclara—contestó Santiago.

—Es preciso abrir y pronto—agregó el comisario.

Y todos reunieron sus esfuerzos y empujaron aquella maciza puerta que tenia por el interior nada menos que la loza que le habia puesto Teodoro.