Don Cárlos de Arellano entró mirando curiosamente á todos lados.

—Habia creido—dijo—que hablabais con álguien.

—Tengo algunas veces, como sabeis, la costumbre de estudiar en alta voz y en este momento me sucedia que entusiasmado con un trozo de Alberto Magno casi declamaba, ¿pero qué novedad os trae por acá á estas horas?

—Una grande y secreta: acabo de llegar de la casa de Don Pedro de Mejía.

—¿Y bien?

—Que Don Pedro ha sabido muy secretamente por uno de los secretarios del Capitan General, que su hermana Blanca presa en la inquisicion se ha fugado.

—¿Se ha fugado?—dijo Don José pensando que tal vez habia salido con la muger de Teodoro.

—Sí, mirad como estuvo la cosa. Luisa que estaba en el calabozo con ella consiguió por medio del Capitan general salir de la inquisicion, pero á la hora de la salida, Blanca tomó su lugar y ella fué y no Luisa la que consiguió la libertad.

—¡Caso mas raro!

—Pues aun hay mas: Blanca debia sufrir esa noche la pena de garrote, y como Luisa habia quedado en su lugar, ella la sufrió y la han ahorcado.