Teodoro se inclinó y puso su mano en la boca, y luego en el corazon del hombre.

—Está vivo—contestó.

—¿Con que le heriste?

—Con mi mano.

—Seria bueno llevárnosle.

El negro sin esperar mas, levantó al herido, que gimió débilmente; como hubiera podido alzar á un niño, y se volvió como para esperar una nueva órden.

—Vamos, dijo el Oidor, mirando si en el suelo habia algo.

—Aquí está el arma de éste—dijo Teodoro levantando un puñal del suelo.

Don Fernando guardó su espada y se puso en marcha seguido del negro que llevaba á cuestas al herido, avanzaron un poco y se oyó un rumor de pasos: eran dos hombres que traian la direccion opuesta y con los que debian encontrarse.

—¡Ah de los que van!—dijo uno de los dos.