—¡Alto los que vienen!—contestó Don Fernando sacando la espada.
A la luz de la luna se vieron brillar los estoques de los que venian. Teodoro puso en el suelo con mucho cuidado al herido, y se colocó al lado de Don Fernando.
—¿Quién va?—dijo una voz.
—Oidor de la Real Audiencia—contestó Quesada adelantándose.
—Mi señor Don Fernando de Quesada.
—Señor Bachiller—contestó el Oidor.
—Loado sea Dios, que encuentro á su señoría, porque en alas del temor, hemos venido en su busca. ¿Ha tenido su señoría.........?
—Un mal encuentro; pero á Dios gracias que con el refuerzo de Teodoro, ni yo tuve por qué sentir, ni ellos por qué alegrarse: mirad.
—Teneis un cautivo.
—Es la proeza de Teodoro, pero retirémonos que no seria prudente que así nos viesen.