—Por eso los dejaste en el camino amarrados y mirándose unos á los otros.
—Deja de chanzas, y baja á esa señora.
El que estaba adentro tomó cuidadosamente á Doña Blanca entre sus brazos y la llevó hasta una de las piezas del alojamiento destinado á Don Melchor.
Doña Blanca se quejaba, pero no decia una sola palabra; miraba por todas partes con ojos estraviados, y dejaba que hicieran con ella cuanto quisiesen.
Don Melchor estaba como soñando; nada le habian dicho, y aquellos enmascarados le trataban más como á su gefe que como á su prisionero.
Les vió entrar conduciendo á Blanca y colocarla en su mismo aposento, y creció su admiracion.
Los hombres se retiraron y Don Melchor quedó solo con la enferma, meditando en la estraña aventura que le pasaba.
La curiosidad le hizo acercarse al lecho en que gemia Blanca.
La jóven le miró fijamente, pero sin dar el menor indicio de admiracion ni de disgusto.
Perez acercó su mano á una de las mejillas encendidas de Blanca.