Don Melchor vió los brazos que descubria Blanca aún con las terribles huellas del tormento.

—Es mi esposo......... sí, por eso le amo......... no soy monja......... no soy......... no soy......... Don Melchor Perez de Varais y su esposa......... hoy me lo han dicho......... vinieron ¡qué buenos!......... señora Luisa ¿es verdad que el Papa relaja mis......... mis......... mis......... ¿cómo se llaman?........ Teodoro nos alcanzan.

Don Melchor la miraba fijamente, y procuraba encontrar entre sus recuerdos algo que parecia cruzar por su imaginacion.

Por fin, dándose una palmada, en la frente esclamó:

—¡Ah! ya caigo—esta es, ¿pero será posible? la monja, la protegida de Luisa, la hermana de Don Pedro de Mejía, ¿cómo se llamaba? ¿Beatriz? no, ¿Estela? tampoco......... Sor....... Sor.......... Blanca, Blanca, eso es Blanca, ¿pero será ella? veremos.

Y acercándose á la enferma, le dijo dulcemente.

—Blanca, Sor Blanca, Sor Blanca.

—¿Quién me habla? ya no soy Sor Blanca, soy la esposa de Don Cesar de Villaclara. ¿Quién es?

—Blanca, Blanca, ¿me oís?

—Sí, ¿quién sois? no os conozco.