El hombre obedeciendo inmediatamente salió y Don Melchor volvió á acercarse á la cama de la enferma.
Blanca parecia dormir, y estaba menos inquieta.
Habia cerrado ya la noche cuando el criado volvió á entrar conduciendo á una muger anciana.
—Señor—le dijo á Don Melchor—por aquí no hay ni físicos ni cirujanos, y esta es una componedora de huesos y herbolaria, que sabe muchas medicinas y por eso la traigo.
—Venga vd. por acá, señora—dijo Pérez—vea vd. á esta enferma, haber qué puede hacerle.
La vieja se acercó al lecho de Blanca, comenzó á examinarla, la miró cuidadosamente las contusiones y heridas de los brazos, y luego con grande aplomo dijo:
—Yo la sanaré muy pronto, no se necesita sino quitarle el molimiento, por eso está ahora hecha un vivo fuego, voy á traer unos menjurges, ¿podré ir para venir despues á quedarme aquí con ella toda la noche?
Don Melchor no contestó, pero se quedó mirando al hombre de la máscara y éste dijo.
—Puede vd.
La vieja salió, se estuvo fuera una hora y volvió despues trayendo un hornillo con lumbre, vasijas, yerbas y redomillas.