—No señor, yo no vivo lejos de aquí, pero jamas habia visto á estos hombres, esta finca estuvo casi siempre abandonada, ayer dos enmascarados han ido por mí, y me han traido, nada mas sé.

Esperaremos que entre alguno de ellos, le hablaré para ver si se consigue algo por bien, y mientras pondré á Doña Blanca al tanto de cuanto ocurre y hemos consertado.

El hombre que habia ido á verse con el licenciado Vergara volvió ya al amanecer y comunicó las órdenes que habia recibido. Doña Blanca era para los comisionados de Vergara un verdadero estorbo, y por ésto, y por demostrar buena disposicion á Don Melchor, se apresuraron á darle noticia de todo.

El que funjia de gefe entró á la cámara de Don Melchor, y cuando éste se preparaba á decir algo que le indicase la disposicion de ánimo de sus guardianes con respecto á Doña Blanca, el hombre le dijo:

—Su señoría ha escuchado que por órden de la persona que aquí le guarda, tendrá su señoría cuanto apetezca, y en lo que á esa dama atañe, libre es si gusta ella y su señoría lo dispone de seguir su marcha y atender en otra parte al cuidado de su salud.

Don Melchor llegó á pensar que en todo esto habia una especie de milagro.

—Gracias—contestó—en tal caso dispondremos que salga luego, que su situacion peor está á cada momento y témome una catástrofe por la falta de asistencia.

—Como su señoría lo ordene.

—Pero no pudiendo moverse, supongo que podrá la curandera ir á traer algunos indios que la lleven cargando.

—No hay inconveniente.