Don Melchor entró precipitadamente.

—Es necesario no perder un instante, todo está arreglado, id por unos hombres que saquen á la enferma de aquí, y por si no pudiere yo hablaros luego, procurad tan luego como salgais al campo con ella, estraviar camino por si quisieren perseguiros.

—Nada temais.

La vieja salió lijera y Don Melchor entró á hablar con Blanca.

—Doña Blanca—la dijo—pronto estareis libre.

—Libre, ¿y cómo?

—He conseguido que estos hombres que no os conocen os dejen salir, la curandera os lleva y ella ha prometido ocultaros.

—¡Ay señor cuánto os debo! pero creo que todo será inútil, el cielo no quiere que yo me salve y cuantos esfuerzos se hagan serán inútiles, y yo no conseguiré si no arrastrar en mi caida á cuantos pretendan impedirla.

—Doña Blanca, tened valor; si el cielo hasta hoy no os ha abandonado, ¿por qué desconfiais de Dios? valor y fé Doña Blanca, y os salvareis, yo os lo aseguro.

—¡Qué Dios os escuche!