Serian ya las dos de la mañana, cuando volvió la vieja con algunos hombres que conducian una especie de camilla formada de ramas.

Colocaron en ella á Doña Blanca, y salieron de la casa sin obstáculo de ninguna especie. La vieja recibió de Don Melchor una cantidad de pesos que ella no contó pero que le pareció suficiente y siguió alegremente á la camilla.

De buena gana hubiera solicitado Don Melchor permiso para salir á ver la direccion que tomaban, pero se guardó muy bien de hacerlo por no infundir sospechas á sus guardianes.

Haria á lo mas una hora que habia partido Doña Blanca, cuando oyó Don Melchor gran ruido en el patio, se asomó y vió que ensillaban precipitadamente sus caballos algunos de los hombres que le custodiaban.

—¿Qué hay novedad?—preguntó.

—Sí señor—contestó el gefe, acaba de llegar violentamente un correo para que no se permita salir de aquí á la señora que venia con su señoría.

—Pero ahora ya se fué.

—Salen á caballo algunos á alcanzarla.

—¿Y de quién es la órden? preguntó Don Melchor esperando saber algo por la respuesta que le dieran.

—De quién puede darla—contestó el hombre.