Esto era lo mismo que nada, pero supuesto que Doña Blanca estaba perseguida por la justicia, y aquellos hombres tenian órden para detenerla, claro estaba que ellos recibian órdenes de la justicia: entonces no eran ni ladrones, ni enemigos suyos particulares; ¿qué era pues aquello? aunque se hubiera vuelto loco, no lo hubiera adivinado nunca.

Los hombres salieron en busca de Blanca, y Don Melchor quedó con la mayor inquietud, aunque siempre con la esperanza de que la vieja hubiera seguido fielmente sus instrucciones, y que hubiera estraviado camino al salir.

Trascurrieron así algunas horas, de la mayor ansiedad para Don Melchor que á cada momento esperaba ver entrar á Blanca.

Oyó de repente las herraduras de un caballo que penetraba en el patio, se asomó, y era un correo que entregó un pliego á uno de los guardas y volvió á marcharse: el jefe recibió el pliego, lo leyó y dió despues algunas órdenes que Don Melchor por mas que hizo no pudo percibir.

Vió entonces que de una cuadra sacaban su mismo caballo, que le ensillaban con sus mismos arreos, y que ya embridado y listo, un hombre le tenia en medio del patio y el jefe se dirijia para su aposento.

Don Melchor le salió luego al encuentro.

—Tengo órdenes—dijo el hombre, para que su señoría pueda seguir su viaje; el caballo está listo y en su misma habitacion recibirá su señoría todo su equipaje ésta misma noche.

—Pero ¿cómo?

—Nada mas podre decir á su señoría.

—¿Y la señora que fueron á buscar?