Llegaron á una puerta que abrió la vieja, y en el fondo, en un jergon, Blanca pudo descubrir á Teodoro que estaba acostado contra la pared y con la cara y la cabeza llena de vendas y de parches.
Teodoro por su parte la reconoció tambien.
—Señora, dijo, queriendo inútilmente levantarse.
—Teodoro—contestó Doña Blanca intentando en vano apresurar el paso.
—Vamos, vamos, quietos—dijo la vieja—nada de imprudencias: ¿conque ustedes son conocidos?
—Mucho, mucho—contestó Blanca estrechando una mano de Teodoro.
—Mucho—agregó éste besando la mano de Blanca.
—Cuánto me place—dijo la curandera—siquiera así no se desconfiarán los dos, porque la señora viene aquí tambien á curarse; ¿lo entendeis?
—Sí, contestó Teodoro.
—Entonces puesto que sois conocidos, aquí se queda la señora mientras voy á disponerle su lecho.