Llegó á su casa Don Melchor, y como si solo se hubiese separado de allí para dar un paseo en algunas horas, sus criados le presentaron sus vestidos de córte y le pusieron la cena.
Don Melchor no quiso salir aquella noche y se contentó con enviar á su mayordomo con un atento recado al Capitan general Don Pedro de Vergara Gaviria, notificándole de su llegada y suplicándole le escusase si no pasaba á verle inmediatamente por estar muy cansado y un poco enfermo.
Vergara sabia por su parte muy bien que aquella noche debia de estar ya en México Don Melchor.
A la mañana siguiente, cuando el Capitan general hacia su despacho, le anunciaron al señor Don Melchor Perez de Varais.
Vergara le recibió con las mayores muestras de cariño, y antes de darle tiempo á otra cosa, hizo recaer la conversacion sobre Luisa.
—Escribí á su señoría—le dijo—sobre lo que por el señor inquisidor se habia descubierto.
—Y eso me trae mas que de prisa—contestó Don Melchor.
—Témome que tengais un desengaño bien triste.
—¿Por qué? ¿acaso se engañaria S. E. y no seria esa muger la pobre Luisa?
—Desgraciadamente ella es, y desgraciadamente digo, porque las artes de que fué víctima, aunque descubiertas, no han podido ser hasta hoy contrariadas; la pobre señora sigue tanto peor en su naturaleza fisica, cuanto en su estado moral.