—¿Hase llegado á afectar su inteligencia?
—De una manera grave; quizá por sus muchos sufrimientos, y por la misma naturaleza del hechizo, no es ni la sombra de lo que fué en otros tiempos; está casi en el estado de imbecilidad.
—¡Pobre Luisa!—dijo Don Melchor profundamente conmovido.
—Juzga el señor inquisidor que quizá el cuidado y las atenciones, y algo que tambien pueda influir vuestra presencia, volverán algun dia á esa pobre señora á su primitivo estado.
—Dios lo quiera; ¿pero nada se ha podido averiguar respecto de los autores del delito?
—Nada, por mas que el señor inquisidor y yo nos hemos empeñado en descubrirlo.
—Sea por Dios, ¿y dónde está Luisa?
—En la inquisicion.
—¿En la inquisicion?
—Sí, y no os admire, que no está en calidad de presa.