—¿Quereis ver ya y recibir á vuestra esposa?

—Sí señor.

—Pues vendrá, pero armaos de valor porque el golpe va á ser muy fuerte para vos.

—Tendré resignacion.

El inquisidor ajitó la campanilla, y dió en voz baja algunas órdenes á un familiar.

Poco despues se abrió la puerta, y entre dos ministros del Santo Oficio penetró en la sala una negra.

Los familiares se retiraron y la negra siguió avanzando.

La estatura y el cuerpo tenian mucha semejanza con el de Luisa, tenia como ella cortado el pelo, pero la fisonomia en ningun caso podia confundirse con la de aquella.

Aquellos ojos con su mirar bajo, aquella boca, siempre entre abierta, aquel aire profundamente estúpido, no podian dar ni un indicio de la viva é inteligente fisonomía de la esposa de Don Pedro de Mejía.

Don Melchor la miró con fijeza, se puso densamente pálido, y sin decir una palabra, se cubrió el rostro con las manos y se puso á llorar.