—Aquí teneis á vuestro esposo, al señor Don Melchor—la dijo en voz alta el inquisidor.

La negra en lugar de contestar, se puso á reir estúpidamente, produciendo una especie de gruñido.

—Cada dia está peor—dijo con hipocresía el licenciado Vergara—Don Melchor, tened paciencia.

—La tendré—contestó con resolusion—y luego levantándose se dirijió á la negra.

—Luisa, Luisa, me conoces.

La negra volvió á reir.

—Me la llevo si me lo permite su señoría—dijo Don Melchor.

—Como gusteis.

—¿Tendrá su señoría la bondad de ordenar que me presten una silla de manos para llevarla á mi carroza?

—Sí, contestó el inquisidor y sonó la campanilla.