Entró un portero, el inquisidor le dió sus órdenes y poco despues dos familiares llegaron con una silla de manos.

Don Melchor hizo entrar á la negra que obedeció como una niña.

—Señor, adios—dijo Don Melchor—dispensen su Excelencia y su señoría que les deje así; pero ya pueden considerar mi situacion.

—Sí, id y que Dios os consuele.

Don Melchor salió lloroso tras de su silla, y el licenciado y el inquisidor se quedaron riendo de su dolor.

XXI.
De cómo salió Doña Blanca de la casa de la vieja curandera.

DOÑA Blanca se restablecia con una facilidad y una rapidez extraordinarias, en dos dias se habia mejorado ya de tal modo que comenzaba á andar sin dificultad, y á pesar de su palidez y de la falta de sus dientes, estaba ya otra vez hermosa.

La vieja salia algunas veces, y estaba fuera varias horas; entonces Doña Blanca pasaba el tiempo conversando con Teodoro que aun no se podia mover.

Doña Blanca habia adquirido gran confianza con la vieja curandera; sabia ya que se llamaba Bárbara, que ejercia en los pueblos y en las haciendas su oficio honradamente, pero que en aquella casa, abrigaba á los ladrones heridos, y á todos los que andaban prófugos de la justicia, lo cual le producia bastante dinero, y buenas relaciones que la ponian á cubierto de todo peligro á que podia estar espuesta por el aislamiento de su casa. Ella por su lado la había referido gran parte de su historia, y la habia confesado que parentezco ninguno la unia con Don Melchor Perez de Varais, el cual sin duda por solo favorecerla habia hecho todo aquello.

Doña Blanca tenia pues una gran confianza en Bárbara. Cada vez que venia alguna gente perdida á la casa, Doña Blanca tenia cuidado de encerrarse y no salir hasta que todos se habian marchado.