Una noche sin embargo, llegaron á la casa tres hombres á pié y envueltos en largas capas negras, completamente armados, y con toda la traza de facinerosos.

Blanca quiso retirarse, pero no era ya tiempo, y aquellos hombres la vieron.

El que hacia de gefe, la saludó con tanta cortesania, como si fuera un hombre de buena sociedad. Bárbara le distinguia con el nombre de Guzman; Blanca permaneció un rato allí y luego viendo que ese hombre la miraba con tenacidad se retiró.

—Guapa moza teneis aquí, Bárbara—dijo Guzman cuando hubo salido Doña Blanca.

—¿Os gusta?

—Mal gusto tuviera yo si de ella no gustara, que puede ser la moza de un rey.

—Pobrecita, anda tambien retraida de la justicia como vosotros.

—¿Debe muerte?

—No, que cosas son de amoríos y enredos.

—Pues cara tiene de una santita.