—Como queriais las cosas tan pronto y yo no tenia otra cosa, le he dado el toloatzin que la hace disvariar; pero que la deja muda y sin fuerzas por algun tiempo: aprovechad, que me habeis dicho que saliendo de aquí, todo corre de cuenta vuestra.
—Vamos, pues.........
Doña Blanca estaba en un estado de somnolencia, de dibilidad, que le parecia estraño; jamas habia esperimentado síntomas tales; sus brazos se aflojaban, su cuello se doblaba como negándose ya á sostener la cabeza, y sus ojos se iban cerrando.
Pero en medio de todo sentia un placer, que no sabia tampoco como esplicarse, una especie de tranquilidad, de descanso tan agradable, que sonreía sin querer.
A poco le pareció que se dormia y que comenzaba á soñar: una luz azulada, iluminaba su aposento, y entre esa claridad, como flotando en ella, aparecian los séres mas queridos de su corazon, Don Cesar, Doña Beatriz y Teodoro, y hasta la muger de Don Melchor, la protectora de la pobre Sor Blanca.
Aquellas figuras fantásticas no tocaban el suelo, se deslizaban, como una ráfaga de luz en el espacio.
De repente, vió tambien mezclados entre esos séres tan conocidos para ella otros nuevos: eran Bárbara la vieja curandera, y un hombre que ella no conocia, pero entre todas aquellas sombras, solo estas dos parecian tener cuerpos.
Se acercaron, Blanca sintió entonces, que la alzaban del lecho, quiso gritar y resistirse pero no pudo.
El hombre desconocido cargó con ella y la llevaba, alumbrando la vieja.
Llegaron á la puerta de la casa: se desprendia del cielo una tempestad horrible; entre la densa oscuridad, que todo lo envolvia cruzaban los rayos atronando los bosques, y las cañadas: el agua caía á torrentes, y rugia el viento entre los encinos de la selva.