—Sí, adiós.
—Que Dios os lleve con bien.
La vieja cerró su puerta.
La tempestad seguia á cada momento mas fuerte: todas las pequeñas vertientes de la montaña eran rios caudalosos, y los rayos, y el viento y el agua, formaban un estruendo horrible.
Si se rasgaba la densa oscuridad, con la luz pasajera de algun relámpago, era para volver mas negra que ántes.
Guzman llevaba á Blanca en la silla, y un criado le seguia; pero apenas se podia caminar, la tormenta borraba el camino.
—Sotero—dijo Guzman—tú que caminas mas libre pasa por delante para darme la vereda y reconocer, no vayamos á dar á una barranca.
El hombre pasó adelante y siguieron el camino, paso á paso.
Todos estaban empapados, y Blanca comenzaba á volver en sí, y á comprender lo que le pasaba.
Las imágenes de su sueño se confundian sin embargo, con la realidad, y no podia separarlas completamente.