Si Blanca hubiera podido, hubiera gritado de espanto; el lenguaje de aquel hombre la horrorizaba mas que los tormentos de la Inquisicion; habia llegado á comprender que estaba á disposicion de aquella fiera, y que no era la muerte la que le esperaba; pero su situacion le parecia tanto mas desgraciada, cuanto que creia que en lo de adelante no se podria mover mas, y aquel hombre dispondria de ella como de un sér sin voluntad.
—¡Simple!—gritó Guzman—¿cómo no has podido reconocer en dónde estamos? es buen camino.
—¿Buen camino?
—Sí, ¿á que no sabes qué es aquí? mira bien.
—No reconozco.
—Pues aquí está la barranca que pasa por nuestro rancho, y este es el paso que le llaman de «La Monja Maldita.»
Aquello era una especie de anuncio, de aviso del cielo, entendió Blanca; el nombre de la «Monja Maldita» despertó en su corazon tantos recuerdos y tantos temores, que lanzó un débil gemido.
Guzman, que estaba ya cerca, le oyó.
—¡Hola, Sotero! ¿qué estarás haciendo á esa niña?
—Nada, señor.