DON Cesar, Martin y María, tomaron la misma noche de su fuga de la Inquisicion el camino de Acapulco.

Siguieron por varios dias su marcha sin interrupcion pasando con nombres supuestos, que prudentemente se habian dado, hasta llegar á la cañada de Cuernavaca.

Allí Martin resolvió quedarse.

La Inquisicion no era á él á quien perseguia, su muger podria escapar fácilmente en los dias primeros de la persecucion, y luego, cuando todo se hubiera ya calmado, volverian á México, en donde podrian seguir viviendo cómodamente.

—Cierto que es un excelente plan—dijo Don Cesar cuando lo hubo oido—pero tiene tantas ventajas para vosotros como inconvenientes para mí.

—¿Por qué?

—Mirad; que tanto cuanto es fácil para vos tener oculta á María, á mí me es imposible ocultarme; el Santo Oficio se fijará en mí mas que en ella, y es casi seguro que á estas horas, exhortos habrá por todos los pueblos para mi aprehension; así es que cuanto ántes necesito huir y ponerme muy fuera del alcance del Santo Oficio.

—Entonces, ¿qué pensais hacer?

—Pienso dirijirme al puerto de Acapulco. En estos momentos se apareja allí la gente de todas armas que el gobierno del virey, marqués de Gelves, va á enviar á Filipinas; calcúlome llegar hasta allá sin novedad, presentarme como voluntario en las nuevas tropas del rey, embarcarme con ellas, pasar á Manila, y pensar allí lo que puedo hacer para estar libre.

—Acertada es vuestra resolucion.