—Detiéneme, sin embargo, solo una cosa.
—¿Cuál es ella?
—El abandonar á Doña Blanca á su propia suerte.
—Así estaria aun cuando vos permanecieseis por aquí, que en el Santo Oficio ha caido, y ni esperanzas hay de poderla valer de algo.
—¿Pues cómo nos salvamos, María, yo, y Sérvia?
—Por lo mismo, esos casi son milagros que no se repiten á menudo, y por haber acontecido éste debeis de tener mas seguro que no sucederá otro muy pronto. Los ministriles han de estar con tantos ojos abiertos, y se redoblarán las precauciones á tal grado, que á no ser un verdadero prodigio, en muchos años no oireis decir de otra fuga.
—Sin embargo, paréceme una ingratitud.........
—Escuchad, Don César, y no os preocupeis; por vos no es posible que nada alcanceis: ahora, respondedme: ¿os queda algun influjo poderoso que mover? y en caso que querais procurároslo, ¿no temeis que á los primeros pasos os prendan y quedeis peor que ántes? El delito de que era acusada María era leve en comparacion del que se os imputa, yo tenia con el Arzobispo motivos grandes para pedir una gracia, él se ha empeñado tambien por su parte, y sin embargo, ¿qué consiguió? nada, nada, y si no hubiera sido por la astucia de Teodoro, aun tienen en la Inquisicion á estas desgraciadas. Creedme, D. Cesar, y partid; si en algo necesita de mí Doña Blanca, le serviré con la lealtad que me conoceis, y tendrá en mí un apoyo; pero vos, partid.
Don Cesar reflexionó un poco, y por fin, levantando con resolucion la cabeza, exclamó:
—Partiré ahora mismo—¡pobre Blanca!