—¡Gracias á Dios que os resolveis!
Don Cesar, sin hablar ya mas, se despidió de Martin y de María, y montando á caballo, tomó el camino de Acapulco; Don Cesar conocia aquel camino porque lo habia andado cuando salió desterrado por su desafío con Don Alonso de Rivera, y cuando volvió de ese destierro.
Martin y su muger se internaron por los pueblitos de la tierra caliente buscando un hogar en donde pudieran pasar algunos meses sin ser conocidos.
Cosa de doce dias tardó Don Cesar en llegar hasta Acapulco, el camino habia sido para él una constante lucha: á cada momento intentando volverse en busca de Blanca, y recordando luego las reflexiones de Martin, se detenia algunas ocasiones á meditar, y perdido en sus pensamientos, permanecia una hora entera, en medio del camino sin moverse.
Por fin llegó al puerto.
Acapulco era en aquellos tiempos, el puerto mas importante de toda la Nueva España, por allí se hacia el comercio con la China, por allí entraban todas las mercancías, y por allí salia la gente y los refuerzos que de Nueva España se remitian á las Filipinas.
Cada virey procuraba que en su tiempo se hiciesen mayores envíos tanto de dinero á la corona de España como de gente á Manila.
El marqués de Gelves en los dias del tumulto, preparaba una grande espedicion, que no pudo ver realizada por todos los acontecimientos de México, pero un sobrino suyo encargado de este asunto en particular, continuó con mas brio, y con mayor empeño armando y equipando gente.
La audiencia de México como todo usurpador, veia en todo un amago á su seguridad, y una conspiracion contra su poder: la noticia de la gente que se armaba y disponia en Acapulco, llegó á la capital de la Colonia, y se aumentó y se comentó la noticia; se representó aquella gente como un ejército dispuesto á marchar ya sobre México á derribar á la audiencia y á restablecer en el vireinato al marqués de Gelves.
En consecuencia, salieron órdenes disponiendo que se suspendiera todo apresto.