Cuando Don Cesar llegó á la plaza de Acapulco, habia en ella una curiosa animacion.
Españoles, indios, negros, chinos, mulatos, todos cruzaban por las calles, alegres y conversando en voz alta en sus diferentes idiomas, los soldados y los marineros que iban á partir se despedian, los que se quedaban en tierra se empeñaban á porfia en ofrecer á los que se marchaban, frutos de la tierra que muchos de ellos no debian volver á probar en su vida.
En la bahia se balanceaban majestuosamente en medio de una mar tranquila y azulada, los bajeles de la flota que iba á partir para Filipinas. Todos esperaban con terror ó con ilusion aquella partida, y en medio de aquel rumor, se aguardaba á cada momento escuchar el cañonazo que anunciara la marcha.
Don Cesar se dirijió á uno de los soldados que encontró en la calle.
—¿Podriais indicarme señor soldado—le dijo—en donde me seria posible presentarme para tomar lugar en vuestras filas?
—Mirad allá—donde está la banderita del rey, vive el intendente; pero si quereis yo os conduciré, que en la compañía en que sirvo y debe partir hoy, tenemos vacante.
—Me hareis señalado servicio con acompañarme.
—¿Sabeis leer y escribir?
—Sí que sé.
—¿Conoceis el servicio?