—Conózcolo.
—¿De mar y tierra?
—De mar y tierra.
—En ese caso, puede que llegueis muy pronto á ser oficial.
—Dios lo quiera.
El soldado llevó á Don Cesar ante el intendente. Don Cesar era bien apersonado, sabia leer, y conocia el servicio, y un soldado así no le podia perder Su Magestad.
En un momento se facilitó todo, se le hizo jurar bandera y se le puso listo.
Poco despues sonó en la bocana un cañonazo al que contestó, una inmensa gritería: era el momento.
Comenzó el embarque de la tropa, que se prolongó demasiado hasta entrar ya la noche. El viento soplaba favorable, las velas se tendieron, los buques se aparejaron para partir, y levantaron las anclas.
Don Cesar en medio de un grupo de soldados, contemplaba las luces del castillo y de las casas del puerto, que iban desapareciendo entre las sombras de la noche al alejarse las embarcaciones.