A la mañana siguiente, el mar desierto ya azotaba las playas del puerto: á la animacion habia sucedido, el silencio, á la vida, el sueño, y solo como un punto blanco se divisaba á lo lejos uno de los bajeles de la flota.

XXIII.
En el que se conocerá el rancho del Gavilan, que era el castillo feudal de Guzman.

CUANDO Guzman llegó á su casa, Blanca habia vuelto en sí completamente, y pudo bajarse del caballo sin auxilio de nadie; lo que le habia pasado durante aquella noche fatal le parecia una pesadilla, pero al verse allí sola y á merced de aquel hombre, comprendia cuán terrible era su situacion.

La casa de Guzman era un rancho situado en lo mas escarpado de una montaña, rodeado de barrancas profundísimas; no podia llegarse á él sino por una penosa y angosta vereda, que podia desde la puerta de la casa esplorarse hasta una gran distancia, merced á las sinuosidades del terreno.

Detrás de la casa seguia el bosque, pero espeso, tupido, impenetrable casi; era una retirada segura para un lance apurado.

El barranco que cruzaba á la derecha de la casa tenia una profundidad espantosa, y nadie se atrevia siquiera á acercarse á la orilla, porque aquellas rocas cortadas como á pico, aquel torrente que se azotaba, por decirlo así, entre las peñas del fondo, aquellas espumas á las que casi nunca herian los rayos del sol, causaban vértigos, aquel abismo atraia.

El rancho se llamaba del Gavilan, y era el cuartel general de Guzman, el gefe de los ladrones de aquel rumbo.

Dos ó tres mugeres andrajosas y sucias salieron á recibir á los recien venidos.

—Queremos desayunarnos—les dijo Guzman sin saludar; que nos preparen algo, pero antes á ver si hay ropa que le venga á esta señora para que se quite la que trae puesta, porque viene la pobrecita mojada hasta los huesos.

Doña Blanca oyó esto, pero no se movió; tenia miedo de todo.