—Anda vida mia—la dijo Guzman, tomándola un brazo, anda.
Doña Blanca se desprendió de la mano de aquel hombre y le dirigió una mirada de indignacion.
—Vamos señora—dijo una de las mugeres.
Blanca no contestó, y se sentó sobre una piedra.
—Si no quiere, déjenla por ahora, hoy se amansará, yo voy á mudarme que tengo frio: el desayuno.
Guzman se entró á la casa, haciendo al retirarse una seña al criado que como un centinela vino á colocarse al lado de Doña Blanca.
La pobre jóven meditaba con la frente apoyada en sus manos.
¿Qué seria de ella en poder de aquel hombre? ¿De dónde podria venirle la salvacion?
Levantó el rostro y miró al cielo, y sus miradas se perdieron en el espacio.
Media hora permaneció así, hasta que sintió que la tocaban familiarmente en la espalda. Era Guzman que se habia cambiado el traje, y que salia de la casa vestido como un caballero, con una ropilla y unos gregüescos de vellorí pardos y unas calzas finísimas de cuero de venado.