—¿Quieres desayunarte, alma mia?
Doña Blanca no contestó.
—Vamos, toma alguna cosa, entra al menos en la casa, el sol comenzará pronto á calentar y puede hacerte mal.
Doña Blanca ni le miraba siquiera.
—Entonces si no quieres entrar, yo comeré aquí; que me has causado tanta pasion, que no quiero abandonarte ni un momento.
Guzman habló á las mugeres, y poco despues allí mismo habian tendido en el suelo, y á los piés de Blanca una soberbia servilleta de damasco, y habian servido el desayuno.
Las tazas, los platos, las jarras, todo era de plata ricamente cincelado, todo de mucho lujo; aquel hombre debia de ser muy rico.
Las mugeres se retiraron y Guzman quedó solo con Doña Blanca.
—Toma alguna cosa, ángel mio, decia Guzman: mira, aquí serás mas que la vireina; aquí tú sola mandarás y tendrás cuanto quieras, porque soy muy rico, mucho. Si ves que vivo en esta casa tan triste, es porque no tengo á quien darle gusto, pero viniendo tú todo cambiará; ¿me oyes? Porque yo conozco que á tí sí te voy á querer de veras. Oyeme, mi vida: muchas mugeres han venido aquí y han hecho poderíos por agradarme, pero me han cansado, nunca he podido llegar á quererlas, y á tí sí te he de querer mucho, porque has de ser buena, y yo tengo necesidad de querer á una muger buena.
Guzman estaba enternecido, y Blanca concibió alguna esperanza.