—Si quereis una muger buena—contestó—¿por qué me habeis traido así, por fuerza? ¿Qué conseguireis con tener aquí contra su voluntad á una pobre muger que no os ama, que no puede amaros?

—¿Amas á otro?—dijo Guzman con furor.

—¿Para qué quereis saberlo? Basta que os diga que no os puedo amar.

—Pero me amarás, serás mia.

—No lo espereis.

—¡Ah! mas soberbias que tú han llegado aquí muchas, y han acabado por llorar el dia que las he despachado á sus casas.

—Mal me conoceis si me confundis con esas mugeres—contestó indignada Blanca.

—Oyeme, no quiero que nos incomodemos tan pronto; toma algo paloma mia, estás muy débil, toma algo y hablaremos despues; quizá me convenzas, y te deje yo volver libre á la casa de Bárbara.

Doña Blanca quiso probar con aquel hombre la dulzura.

—Sí, os acompañaré, tomaré algo con vos, pero es necesario que vayais reflexionando, que vuestra accion no es buena: ¿qué pretendeis de mí, de una pobre muger sin amparo? Si no fuera mi situacion tan triste, si yo tuviera algun amparo sobre la tierra, no seria tan cruel lo que pensais contra mí; pero quizá la única esperanza que me quede sobre la tierra sereis vos. Sed mi amigo, mi protector; no os empeñeis en ser mi verdugo.