Guzman miró fijamente á Doña Blanca: sus ojos pardos, brillaron bajo sus cejas negras y espesas de una manera estraña.
—¡Ah! tú sabes mucho, mucho; casi, casi me estas enterneciendo: calla, y no me hables así.
Doña Blanca sintió que su corazon se dilataba con la esperanza.
Calló por un momento, y comenzó á tomar una taza de leche.
Guzman habia concluido y las mugeres llegaron á retirar todo lo que habia servido para el desayuno. Pero Doña Blanca observó con terror que habian dejado cerca de Guzman una botella.
Blanca permaneció silenciosa, pero á poco su terror subió de punto, porque vió salir de la casa al criado y á las mugeres y alejarse hasta perderse por la vereda. Quedaba enteramente sola con Guzman.
Guzman se llevó á la boca la botella y dió un trago como para adquirir valor.
—Oyeme—dijo limpiándose los labios—yo te quiero, y necesito que tú me quieras tambien; yo soy mozo y sabes que soy rico, podemos ser aquí muy felices.
—Pero.........
—Escúchame: yo sé que andas prófuga, que te persigue la justicia, la inquisicion tal vez, porque tú llevas en tu cuerpo las señales del tormento, aquí nadie es capaz de alcanzarte; quiéreme, sé mia por bien, estás en mi poder, ninguno podrá libertarte, y si resistes, fuerza tengo para obligarte á sucumbir.