—Oidme, por Dios—contestó Blanca—es verdad que estoy en vuestro poder, que ando prófuga, pero la historia de mis desgracias enterneceria á un tigre. Sola en el mundo, el destino me ha arrebatado á todos mis protectores; Doña Beatriz de Rivera mi madrina, murió; luego encontré amparo en Don Melchor Perez de Varais, y en su muger Doña Isabel, pero mas tarde supe por mi último amigo, por el negro Teodoro que Doña Isabel mi protectora era una aventurera llamada Luisa, y entonces ya no me quedaron sobre la tierra mas que gentes que pasageramente se interesan por mí, ¿por qué vos no habeis de ser el ángel protector de mi vida? Sois bueno, generoso, fuerte, sed mi abrigo, ved en mí una muger que necesita de apoyo y no una víctima, un juguete de vuestras pasiones......... ¿me oís.........?
Guzman habia escuchado en silencio á Blanca y tenia la cabeza inclinada.
De repente tomó la botella y volvió á llevarla á sus labios.
Doña Blanca se estremeció.
—Siempre he pensado en que seas mia.
—¿Pero no os conmueve mi llanto ni mis súplicas?
—Todas las mugeres son lloronas.
—Mirad que os lo pido de rodillas—dijo Blanca arrodillándose.
El manto que la cubria cayó de su espalda y quedó descubierto su cuello blanco y torneado.
Guzman volvió á tomar otro trago y se quedó mirando á Blanca.