—Si tú eres lo que mas amo en el mundo, ven aquí, no me hagas enojar.........

—¡Por Dios! ¡por el amor de vuestra madre!—repetia Blanca.

—Vamos, ¿qué tiene que ver Dios, ni mi madre en esto? Si Dios no quisiera no estarias en mi poder.

Guzman habia logrado detener á Blanca y habia pasado su brazo al derredor de su cuello y acercaba ya su rostro al de la doncella, pero ésta logró desprenderse de él y se retiró.

Sin embargo, poco habia ganado, porque en aquella lucha habian venido á colocarse cerca de la barranca, y la jóven se refugió encima de una peña que se avanzaba sobre el abismo.

—¡Hola!—decia Guzman—te resistes, pero ya has caido y tú sola te entregas: haber ahora por donde te vas.

Blanca miró por todos lados y solo encontró delante de ella aquel hombre, con ojos inyectados, y el aliento fatigado, ébrio de pasion y de vino, en derredor el abismo, rocas que alzaban entre las espumas sus erizadas frentes de granito, y sobre su cabeza un cielo azúl, puro, tranquilo é indiferente. Blanca pensó entonces en un milagro.

XXIV.

LO que vió Teodoro.

Teodoro oyó el ruido de los caballos que partian de la casa de Bárbara y llamó á la vieja.