—Pero..........
—Vamos, pronto.
Teodoro se incorporó como pudo, y se puso su sombrero; todo esto sin dejar para nada á la vieja.
De debajo de su lecho sacó un cuchillo, y lo colocó en su cinturon.
—Mira—dijo á la vieja—al menor impulso que sienta de que quieras huir, te mato: ¡en marcha!
La vieja obedeció y salieron.
La noche era horrorosa, y caminaban casi adivinando en la oscuridad.
Así anduvieron como dos horas.
Teodoro, fatigado, sosteniéndose solo por la fuerza de su voluntad, comenzaba á impacientarse.
—Oye ¿no decias que el rancho estaba cerca?