—Pero hemos perdido algo el tiempo por la mala noche.
—Te advierto que si llegamos, cuando á Doña Blanca la haya sucedido alguna desgracia, te mato sin remedio.
—¡Ay!
—Pues vamos.
Y seguian caminando.
Algunas veces se detenia Teodoro á tomar aliento, y entonces era la vieja la que le apuraba.
—Vamos—decia—es tarde—y volvian á caminar.
Por fin, comenzó á lucir la mañana y á los primeros reflejos la vieja le dijo á Teodoro:
—Mirad, allí en aquel cerrito es la casa, poco nos falta.
Teodoro hubiera querido volar, pero aquella pendiente era muy larga y muy elevada.